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Limbo (estabili-tud)

Dolió mucho. Como arrancarse un brazo. Lloró, no pudo dormir, hubo un par de días en que deambuló entre casa y el trabajo como un zombie, automatizando la mitad de lo básico y olvidando la otra mitad.

Luego recordó que venía doliendo de antes. Estaba incómoda, era un fantasma desde hacía mucho. Sentía que se asfixiaba, quería salir huyendo. Pero estaba ciega. No relacionaba una cosa con la otra.

A veces se preguntaba, «¿Y si hay algo mal en mí?». «¿Y si estoy fallada, si no tengo capacidad de disfrutar la vida?». Luego pensaba en que no valía la pena cambiar nada. Los cambios la aterraban. Creía que estabilidad y quietud eran lo mismo.

Hasta que el cambio tocó a la puerta. Y ella tuvo que decidirse a abrir.

Lo más doloroso para ella fue dejar la comodidad del limbo. Porque del infierno hubiera sabido cómo escaparse. El limbo la llamaba, la dejaba acurrucarse en sus nubes grises, su música al otro lado de la pared y sus ventanas cerradas para que no entrara el sol. El limbo la devoraba…

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